Domingos de la muerte

Conocí a Lalo de los Santos en medio de una búsqueda personal. Tenía 22 años, me sentía muy adulta, casi no tenía padres y contaba con una guitarra vieja, recuerdo de una infancia de conservatorio;  amigas, un novio, bastante furia y muchas ganas de vivir.
Poco antes había viajado a Rosario con dos amigas, escuchando la música de Lalo  en un cassette gastado. “Rosario es el Parque Independencia, una cita que huele a poesía sobre el Rosedal”, decía la canción. Mis amigas y yo llegamos a Rosario en tren, buscando cada uno de los lugares que nombraba la canción, y paramos en el hotel Savoy. Yo llevaba un sweater negro con parches cosidos a propósito, de varios colores, el pelo largo como siempre , una soledad que se notaba en el gesto, y un color por descubrir que encontré mirándome al espejo ni bien regresé del viaje.
Poco después conocí a Lalo durante un recital en A.T.E. y se convirtió en mi profesor de guitarra a la semana siguiente.
Las clases serían los viernes a la tarde.
El primer viernes entré a su casa, un departamento en Primera Junta, con mi amiga María, una dosis gigante de ansiedad y mi guitarra de la infancia guardada en una funda color bordó
-Tenés los ojos de Bambi-, me dijo Lalo, y comenzó la clase.
El primer viernes nos habló de escalas, y algunos ejercicios para la mano derecha, mucho menos estructurados que los de conservatorio, me hicieron ver que tocar un instrumento podía ser divertido. Con el tiempo nos convertimos en amigos. Las clases de los viernes duraban cerca de dos horas, luego enfundábamos las guitarras, y cruzábamos junto con Lalo hasta el bar “Puerta del Sol”, y allí nos quedábamos escuchando sus historias hasta las 8, 9 o 10 de la mañana del sábado.
“Ustedes son los ángeles de Lalo”, nos decía. Yo nunca dejé de percibir su tristeza. Nunca. Lalo fué un gran músico, y un gran poeta. Tuve muchos buenísimos maestros de música pero, sin dudas, él fue el mejor, y a medida que voy creciendo y recuerdo sus palabras, sus lecciones y todas las anécdotas que con tanta dedicación me contó, voy comprendiendo con mayor claridad que aquel hombre, fue un artista injustamente ignorado.
Mis clases con él se prolongaron durante un par de años muy intensos. Me acompañó a comprar una guitarra nueva, una Yamaha electro acústica que reemplazó a la criolla de mi infancia, y que era igual a la que él tenía.
Hay una canción suya que dice “muchas veces las respuestas son las mismas, sobre todo los domingos de la muerte”.
Lalo murió un domingo, hace mucho.
Y tenía razón, yo me sentía como Bambi.

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10 Respuestas a “Domingos de la muerte

  1. ud. se lo debia! Ud. sigue siendo un angel de lalo!. Y cuando lo recordamos y cuando lo cantamos y cuando ud. toca la guitarra lo trae de vuelta.

  2. Qué bueno leerte, Vivi. Cuantas imágenes. Me hacen recordar momentos. Mis padres en cierta manera estaban y otras no. Bastaba para decirles que me iba y listo. Recitales, miles, De esas épocas creo haber perdido la cuenta de las veces que fui a ver a los rosarinos. Más que nada,a Baglietto, a Fito. Pero Lalo no tenía la misma prensa. No había internet, no había exceso de información ni tantas fotos. A él lo recuerdo justamente de esa canción, Tema de Rosario, escuchada en trasnoche por la radio. Me impresionó la letra, la voz, la melodía. El misterioso Pablo El Enterrador… Nunca viajé a Rosario, sin embargo.

    Muchos años pasaron para que un día fuera a escuchar a Los Rosarinos, ya de grande. Y lo vi a Lalo en vivo. Primera y última vez. Y me di cuenta de que lo seguía llevando conmigo, como al resto. Y después se fue. Y sí, es injusto, tanto como no tenerlo más al Flaco o al Carpo.

    La próxima vez que no tengas nada pra escribir, escribí así. Es muy hermoso.

    • Claro,es eso, Lalo no tuvo prensa, a pesar de haber sido bastante mas talentoso que muchos otros. Y él lo sabía y lo sufría, y en varias oportunidades tenía únicamente arroz para comer. Injusticias. Que bueno que lo hayas ido a ver, quizás nos cruzamos, eh. Gracias por lo de “hermoso”, muchas gracias. Y por leerme

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