El pararrayos (cuentos por encargo)

Y va mi segundo cuento, que amablemente me encargó Mx (www.cuentochino.wordpress.com)
Espero que te guste, y guardá las chirolas, me demoré un montón en hacerlo, asi que va sin cargo

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Lo hice porque estaba convencido. Años de sueño interrumpidos por la angustia, de miradas hipócritas clavadas en mi memoria, de obtusos feligreses llanos de pensamiento opiados por la idea del amor. Y por mis años de monaguillo asistiendo al lóbrego ritual del casamiento. Terminé odiando los altares, detestando los ecos paganos del canto de los infieles enmascarados. Las novias ingresando con su sueño de princesas, el rostro embadurnado en colores olorosos, caminando hacia el hombre que esperaba de pie para tender la mano a quien años después, seguramente, traicionaría sin tregua en nombre del amor. Lo mismo ella, que olvidaría esa mirada de cebú en celo con la cual juraba ante Dios amor eterno. Y opté por ellos porque conocía a Catalina desde pequeña. Resultará cruel la referencia pero al momento de elegir tuve en cuenta también su robusto cuerpo y las dificultades a las que se enfrentaría al momento de buscar refugio. Al conocerla de pequeña, sabía también de su pasión por el tañido de las campanas de la iglesia. Había solicitado ser ella quien lo hiciera el día de la boda. Pobre Catalina, pienso ahora, y aunque intento otorgarle el dramatismo que merece la cuestión, no puedo más que sonreír recordando sus enaguas blancas de novia precipitándose escaleras arriba para llegar al campanario luego de recibir el sacramento. Y podría haber elegido a otros, pero también ocurrió que esa noche se acercaba una gran tormenta. Rato antes de la ceremonia vi a lo lejos la estampida de rayos que, como un saludo ancestral de Satán, se acercaba a paso lento pero indeclinable. Con absoluta discreción quité el pararrayos. Acá lo traje, Sr. Juez, para que no le quepan dudas de que fui yo el autor de tal tragedia.
Y Catalina, luego del beso, cargando orgullosa su flamante alianza se dirigió hacia el campanario para llevar a cabo su capricho consentido. Entonces Satán se ocupó del resto. Todavía resuena en mis oídos la maravillosa coincidencia de los dos sonidos. A tempo, como una gran orquesta, el rayo más grande de todos coincidió con la primera campanada. Luego la lluvia, y el silencio.
Catalina se había secado. Como una pasa de uva quemada.
Acá está la razón, “La varilla hereje”, le decían al pararrayos siglos atrás.
Y por último, si me permite redondear le digo que el amor, el amor no existe, Sr. Juez.

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El oftalmólogo (Cuentos por encargo)

Acá comienza la sección “Cuentos por encargo”
Ustedes me piden, y lo tienen.
El de hoy, está dedicado a mi primera cliente, Gabriela Cancellaro (www.noentiendonada.wordpress.com)
Espero no haberte defraudado, cualquier cosa, te devuelvo el dinero.
Y ustedes pueden pedir el suyo vía Twitter, o paloma mensajera, o no sé.
Acá va.

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El hombre trepó a una improvisada escalera de madera, y comenzó a lustrar la placa de bronce. Desde la muerte de Aída colgaba triste por arriba de la puerta de calle, anunciando “Dr. Munch. Oftalmólogo. Martes y Jueves de 14 a 18 hs.”
-Buenos días, Dr. – lo sorprendió un vecino, quitándolo de su letargo. – Que bien está quedando la placa, eh!
Si, si – respondió el Dr., ahora que no está Aída, debo ocuparme yo mismo de estas cosas…-
Así es la vida!- exclamó con tristeza el Sr. Páez, mientras se alejaba con la mano en alto, en señal de despedida –
El Dr. continuó con la aplicada limpieza de la placa. Era martes y en dos horas comenzaba a recibir a sus pacientes.
Desde la vereda de enfrente podía oírse la inquietante mirilla de una puerta, subir y bajar. Un ojo anónimo espiaba al Dr. que, impaciente, bajó de la escalera y, trapo en mano, giró la cabeza hacia la casa de enfrente y, con mirada amenazante, cruzó el dedo índice por su cuello de izquierda a derecha. La mirilla se cerró de golpe. Y el Dr. entró a su casa dando un portazo.
A las 13.30 hs. llegó Amanda, la secretaria, el Dr. remoloneaba dentro del consultorio mientras solicitaba que le fuera servido, en lo inmediato, un café bien negro.
-Su café, Dr. obedeció Amanda, y se retiró a empolvarse la nariz. El primer paciente estaba por llegar. -Si?, atendió Amanda, quién? pase, pase, suba nomás que el Dr. lo espera, viene solo hoy?- Si, si – contestó Carlos – ya me hice otras veces fondo de ojo, y estoy acostumbrado. Luego del papeleo, tomó asiento en la sala de espera mientras Amanda atendía llamados telefónicos.
Amanda! -la voz del Dr. sonó violenta desde el consultorio. La mujer saltó de su silla y acudió al llamado. – Mire – comenzó Munch – no me pregunte nada, solo haga lo que le pido, estamos de acuerdo?, usted va y le pone a todos los pacientes que vengan hoy, cuarenta y siete de estas gotas en cada ojo, me entiende?
Pe-p-pero…titubeó la mujer
Nada!, grito el Dr. usted hace lo que le digo y se acabó, me oye? Soy oftalmólogo y sé lo que le estoy diciendo, asi que ahora va, les dice que estoy con demora, y les pone las gotas, todos vienen a hacerse un fondo de ojo, asi que no va a parecerles tan extraño, sabe? Además, usted sabe, a mí me gusta la gente de ojos negros, entonces me les dilata bien las pupilas y después vemos.
A las cinco de la tarde, la sala de espera estaba colmada de gente. Amanda iba y venía con frascos de gotas, y los pacientes, sentados y quietos esperaban su turno con las pupilas gigantes y renegridas. Carlos, a tientas, llegó hasta el escritorio de Amanda y refunfuñó por el tiempo que llevaba esperando, la secretaria le sugirió que tome asiento y espere unos minutos. Desde el consultorio se oían sonidos de cajones y bolsas. A las cinco y diez la puerta del consultorio se abrió y dejó a la vista un inmenso haz de luz que encandiló a todos los pacientes al punto de hacerlos sentir prácticamente ciegos. Amanda se incorporó y abrazó a Carlos, aterrada y sin entender lo que ocurría.
Fué cuando comenzó la música de Flashdance a sonar con un volumen exagerado, y desde el fondo de la luz, surgía la silueta del Dr., disfrazado de oca, y ensayando desesperados y alocados pasos de baile.
Miró a Amanda, que era la única que conservaba la visión, y con un dejo de tristeza entre tanta euforia le dijo: – Sabe que pasa? yo siempre quise ser bailarín.