Ni premios ni castigos: consecuencias

Recibir un premio es un reconocimiento.
Escribir es, para mí, una vía de escape para diferentes miserias y putrefacciones de mis lugares más remotos, a los que no puedo (o no quiero) llegar. Son esas miserias y fallas, y ninguna otra cosa, las que hacen fuerza por salir y es entonces cuando, a pura sangre, invento historias en las que poder escupir al monstruo, con el único fin de no darle forma dentro mío, sino sacarlo y que se vaya. El alivio es inmediato.
Lo que quiero decir con esto es que, básicamente, escribo para mí.
Durante mucho tiempo y, justamente por lo que expliqué, presentarme a un concurso me parecía una idiotez. Con los años esa idea fue cambiando dentro mío, y hace un tiempo me presenté en uno, y ayer me llamaron para avisarme que mi cuento era el segundo premio. Noté que el hecho de que un jurado compuesto por tres escritores reconocidos se haya fijado en un cuento mío, me llenó de felicidad. Recordé el momento en el que lo escribí, conozco bien al monstruo interno que le dio origen, y recuerdo el alivio posterior a terminar de escribirlo.
Ese momento liberador merece un premio? Claro que si. El premio es poder hacerlo, y contar con los elementos dentro nuestro que lo permita.
Pero hay premios que llegan desde otro lado, a los que hay que buscar y disfrutar, porque si durante ese exorcismo al monstruo de turno, pudimos agregar estilo, forma literaria, y  belleza, la alegría por el reconocimiento es enorme.

El cuento lo pueden leer acá

2° concurso literario “Leo, luego escribo” DAS-HCN

Jurado integrado por Carlos Penelas, María Adela Renard y Carlos Pensa

Música

No era un 22 de noviembre pero fue, para mí, el día de la música.
Tocaba Martha Argerich en el Colón el concierto en A m de Schumann y coincidía con un momento en el que había empezado a escribir una novela. La protagonista se llamaba (se llama) Clara.
A Clara la tenía tan presente en mi vida de todos los días que conocía cada uno de sus gestos, quienes escriben sabrán que esto ocurre con algunos personajes con los que uno se encariña.
Llegué al teatro y había una gran fila para entrar, luego de un rato de esperar llegué casi hasta la puerta y la vi. Una mujer exactamente igual a como yo imaginaba a Clara se paró a mi lado y, sencillamente entro junto conmigo sin hacer la fila. Nadie notó la picardía de la mujer y yo no pude decirle nada, caminamos algunos metros juntas y luego la perdí mientras buscaba mi ubicación, una vez sentada en la butaca descubrí que Clara estaba sentada adelante mío. La orquesta comenzó a afinar y yo no sabía si me emocionaba más la entrada de Argerich al escenario, o la cercanía y el encuentro con mi Clara.
El concierto empezó enseguida y fue maravilloso, al momento de los aplausos Clara gritaba “bravo” “bravo”, mientras se limpiaba unas lágrimas. Conocí su voz, supe como lloraba, imaginé porqué lo hacía, y no encontré otra forma de descargar tantas emociones que llorar yo también, parada detrás de ella y mientras Martha Argerich se despedía llena de ovaciones.
Volví a mi casa con un nudo en la garganta y me senté a escribir hasta la madrugada.
A veces pienso que debería haberle hablado, pero no me animé. Quizás fue mejor.
Feliz día de la música, Clara.

a 35 años

El 16 de septiembre de 1976 los militares secuestraron, torturaron y desaparecieron a varios estudiantes secundarios de La Plata, en lo que se llamó “La Noche de los Lápices”. Ese día, los estudiantes reclamaban un boleto estudiantil. Militaban en la UES, Unión de Estudiantes Secundarios, y en la Juventud Guevarista.

 

Fragmento final de la película “La noche de los lápices” (1986) , dirigida por Héctor Olivera, según libro de María Seoane.

Esto no es literatura

Casi siempre pienso en estas cosas que me pasan. Sobre todo en esos días en los que me encuentro en la mas absoluta soledad. Y cuando digo soledad no hablo de momentos en los que no hay nadie, no. Cuando digo soledad estoy hablando de la mas oscura y endemoniada soledad. Esa que sentís cuando algo te descompone y no entendés porqué. Y empezás a preguntarte y comprendés que el problema es tuyo, y subís al colectivo y la respiración no alcanza, no hay aire, no podes pensar con claridad porque seguramente si pudieras no estarías pasando por eso. Pero estas sola, y eso es lo único que sabes. Porque en un rato estarás con gente, y hablaras de cosas, y vas a reirte, enojarte, o a llorar, o nada, pero para eso falta un rato y vos estas ahora en ese colectivo y el aire te falta. Y te pusiste una remera que podría haber sido cualquier otra, porque total no importa, nada importa. Pero no hay aire, y sentís que la remera que te pusiste es una mierda, y que si toda tu vida hubiese sido diferente, quizás tendrías puesto el trajecito siome de la boluda pintarrajeada que tenés sentada al lado, que realmente creés que es una boluda, pero respira sin dificultad porque se siente igual a casi todos lo demás, mientras vos estás violeta e intentando hilar algún pensamiento sano que detenga esas ganas de salir corriendo de ese colectivo y esconderte a llorar debajo de la cama hasta que se vaya esa sensación de bicho raro con la que vivís todos los días de tu vida. Y entonces recordás algo lindo para que te haga bien, un tema, un libro, una pintura que te saque de ese asqueroso lugar en donde te metiste sola. Y puede aparecer entonces Bach, Beethoven, Spinetta, Sandro, los Midachi, Raphael, o Arjona, dá lo mismo, nada sirve. De golpe te obligás y decidís que esa no es forma de vivir, entonces sacás fuerza de, nunca podrás explicarte donde, y respirás un aire oxigenado y limpio, y el día continúa con una aparente normalidad.

Y es entonces cuando, para que no te estalle la cabeza, te disponés a escribir alguna historia que hable de personajes torturados, alegres, mediocres, valientes, o cobardes.

Si tenés ganas, y podés, lo convertís en cuento. Y sino, te queda así, pura catarsis.

Qué me importa!