Esto no es literatura

Casi siempre pienso en estas cosas que me pasan. Sobre todo en esos días en los que me encuentro en la mas absoluta soledad. Y cuando digo soledad no hablo de momentos en los que no hay nadie, no. Cuando digo soledad estoy hablando de la mas oscura y endemoniada soledad. Esa que sentís cuando algo te descompone y no entendés porqué. Y empezás a preguntarte y comprendés que el problema es tuyo, y subís al colectivo y la respiración no alcanza, no hay aire, no podes pensar con claridad porque seguramente si pudieras no estarías pasando por eso. Pero estas sola, y eso es lo único que sabes. Porque en un rato estarás con gente, y hablaras de cosas, y vas a reirte, enojarte, o a llorar, o nada, pero para eso falta un rato y vos estas ahora en ese colectivo y el aire te falta. Y te pusiste una remera que podría haber sido cualquier otra, porque total no importa, nada importa. Pero no hay aire, y sentís que la remera que te pusiste es una mierda, y que si toda tu vida hubiese sido diferente, quizás tendrías puesto el trajecito siome de la boluda pintarrajeada que tenés sentada al lado, que realmente creés que es una boluda, pero respira sin dificultad porque se siente igual a casi todos lo demás, mientras vos estás violeta e intentando hilar algún pensamiento sano que detenga esas ganas de salir corriendo de ese colectivo y esconderte a llorar debajo de la cama hasta que se vaya esa sensación de bicho raro con la que vivís todos los días de tu vida. Y entonces recordás algo lindo para que te haga bien, un tema, un libro, una pintura que te saque de ese asqueroso lugar en donde te metiste sola. Y puede aparecer entonces Bach, Beethoven, Spinetta, Sandro, los Midachi, Raphael, o Arjona, dá lo mismo, nada sirve. De golpe te obligás y decidís que esa no es forma de vivir, entonces sacás fuerza de, nunca podrás explicarte donde, y respirás un aire oxigenado y limpio, y el día continúa con una aparente normalidad.

Y es entonces cuando, para que no te estalle la cabeza, te disponés a escribir alguna historia que hable de personajes torturados, alegres, mediocres, valientes, o cobardes.

Si tenés ganas, y podés, lo convertís en cuento. Y sino, te queda así, pura catarsis.

Qué me importa!

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Abandono

Cuando te fuiste, todos pensaron que la ausencia era parecida a la que emanaba tu cuerpo cuando estaba allí.
Las cortinas verdes continuaron oscureciendo el living, tu habitación siguió fría y elemental. El perro continuó esperándote sin saber que nunca volverías, y hasta el momento en que su instinto le ordenó olvidar, siguió moviendo su cola al sonido de unos pies cualquiera acercándose a la puerta de la casa.
Desaparecieron las cenas y los almuerzos tensos. Desaparecieron las cenas y los almuerzos. El reloj pulsera que dejaste junto al velador, juntó tierra en tal forma, que al quitarlo de allí dejó la huella marcada en la madera de tu mesa de luz.
Cuando te fuiste, los demás ocupantes de la casa comenzaron a llorarte como si hubieses muerto. Es que tal era para ellos la ausencia en la casa, minada de tus objetos.
Cuando tu nuevo paradero encontró destino, los que quedaron en la casa vacía te visitaban sin entender si lo que veían en vos era cierto, o si eras un fantasma, alguien a quien se ve en sueños porque ya murió.
Inclusive tus caricias les resultaban inciertas, tu voz, tus cafés, tu nueva casa.
Y hasta ellos dudaron de su propia existencia, y la del perro, y la de las cortinas verdes.
Todavía hoy creen que todo pudo haber sido un sueño.

Medias rojas

…esta es la primera vez que lo hago. Cambié el final de uno de mis cuentos publicados porque, luego de mucha reflexión, decidí que no estaba de acuerdo con la forma en la que resolví esa historia. El cuento se llamaba “Red” y lo publiqué días atrás, pueden verlo en este blog. Ahora se llama “Medias rojas”, y es igual, salvo el final.

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Lo que más le gustó a Hernán de mí, fue el hecho de no haberme tenido que pedir nunca que me ponga medias de red.
Solía enfundar mis piernas con ellas a menudo. No había necesidad de hacerlo cuando vestía mi minifalda de cuero diminuta y los tacos de charol, pero lo hacía de todas formas. Necesitaba ver mis piernas pidiendo escapar entre aquellos rombos negros, jugaba cambiándoles la forma, me divertía ver como mi trasero quedaba dibujado luego de haber estado sentada un largo rato. Después descubrí que podía usar unas más cortas, con porta ligas, entonces desaparecieron los dibujos en mi trasero, pero a cambio obtuve la diversión asegurada con Hernán.
Hernán amaba desabrochar las medias del porta ligas con un cuchillo entre los dientes. Tenía el don de llevarme a un punto en el cual todo podía ocurrir. Hasta ver cómo desenfundaba un cuchillo a centímetros de mi entrepierna, y desfallecer de ganas de que hiciera cualquier cosa con mi cuerpo. Lo que sea. Y cuando digo “lo que sea” lo digo con total conciencia de lo que aquello significaba. El sentimiento era tan aterrador como excitante, y la sonrisa de Hernán era para mí, el Infierno y el Edén al mismo tiempo.
Ese día nos encontramos en el bar de siempre.
Yo tenía mis medias red, zapatos de tacos altísimos, una blusa roja excesivamente escotada y una mínima pollera negra con tablas para que no se note el porta ligas.
Lo saludé con una mordida en los labios, eso siempre le provocaba una sonrisa que a mí, me provocaba ganas de morir acuchillada por él en el hotel mas cercano.
A cinco cuadras del bar estaba nuestro hotel de siempre.
Caminé ese tramo provocándolo y prometiendo miles de vejámenes, le pedí el cuchillo y mientras caminaba, levanté mi pollera y corte uno de los ganchos que sujetaban las medias, me lo puse en la boca y de un beso se lo di. “Te voy a matar”, me dijo entre risas y besos. “Matame”, le dije antes de introducir mi lengua en su boca hasta casi ahogarlo.
Nos tocó la habitación 404, llegamos tan desesperadamente ansiosos que hasta la puerta quedó abierta. Hernán tiro el cuchillo al piso y me pidió que lo levante, justo mientras me agachaba para obedecerle vino por detrás y me tumbó en la cama, boca arriba, levantó el cuchillo del piso y me cortó violentamente la blusa para poder masticar mis pechos sin interferencia. Me gustaba. Hasta ahí, me gustaba.
Luego bajó hasta mi pollera y la arrancó con fuerza, desde mi ombligo sonreía con ese gesto que me llevaba a la locura, y bajando un poco mas hacia mis piernas, me mordió. Fuerte. Profundo. Desde los rombos de mis medias brotaba un hilo de sangre, yo me sentía Mina, yo lo creía Drácula. El hilo de sangre corría angosto y lento sobre las sábanas descoloridas por las luces. “Y ahora sos mía”, me dijo. La frase me llevó al éxtasis total. Suya, soy toda suya…pensaba entre gemidos, y mientras mi Drácula mordía nuevamente mi piel, un relámpago entró por la ventana iluminándole la boca manchada con mi sangre y mentiría si dijera que no me asusté un poco, pero Hernán estaba tan peligrosamente lindo que lograba desatar mis peores instintos.
Siempre es triste despertarse en un hotel de esos. Las luces contrastan feo con el día que se asoma por las rendijas de las persianas. Amanecí con un leve dolor de cabeza, algo confundida y muy sedienta. Al lado mío estaba Hernán, los recuerdos de la noche pasada eran vagos. Giré en la cama para abrazarlo, pero sentí una molestia en mis piernas. La sábana estaba pegada a ellas, me incorporé y encontré el motivo, sangre seca.
Recordé todo y entendí que tenía que escaparme.
Me fui. Lo dejé. Me llevé su abrigo para cubrirme, mi blusa roja estaba destrozada y las medias red no tenían con qué sostenerse. Corrí un taxi y me subí, el chofer me espiaba por el espejo, y yo acomodaba mi rostro manchado de sangre y rimmel.
Las últimas palabras que escuchó Hernán fueron reveladoras, antes de clavarle el cuchillo en la garganta le dije : sabés que pasa? Vos jugabas a ser Drácula, y hasta pensabas que eras Vlad Tepes, pero yo, querido mío, yo…soy una Mina.

Sorpresas

Al principio era un bolso como todos, solo que algo en él me perturbaba, no sé explicarlo. Parecía mirarme, por las noches percibía su presencia, su olor, su sonido.
Un bolso que suena? me preguntaba. Sí, éste sonaba muy fuerte, al punto de desvelarme.
Un día lo guardé bajo llave para sentirme a salvo, y ese día todo fue diferente, sintiéndome libre, despreocupado, casi casi feliz.
Al salir del trabajo ansiaba volver a casa solo para no verlo. Esas pequeñas alegrías de quienes, como yo, se conforman con poco.
El problema surgió al querer entrar, algo en la cerradura estaba mal. Miré bien de cerca ya que esta miopía no me permite ver nada que esté a mas de diez cm. Creí que estaba imaginándolo, pero no, de la cerradura salían pelos largos, crespos, temibles, no pude entrar. Llamé al cerrajero sin explicarle, claro, lo de los pelos; pensé que mis años de bebedor estaban empañando la realidad.
El cerrajero nunca llegó. Hoy me levanté temprano. No puedo moverme. No sé adonde estoy, creo que en el palier de un edificio. Todos pasan y me saludan. Inclusive aquella mujer de cabello largo, que sale de mi departamento y me dice “hasta luego” .

Red

Lo que más le gustó a Hernán de mí, fue el hecho de no haberme tenido que pedir nunca que me ponga medias de red.
Solía enfundar mis piernas con ellas a menudo. No había necesidad de hacerlo cuando vestía mi minifalda de cuero diminuta y los tacos de charol, pero lo hacía de todas formas. Necesitaba ver mis piernas pidiendo escapar entre aquellos rombos negros, jugaba cambiándoles la forma, me divertía ver como mi trasero quedaba dibujado luego de haber estado sentada un largo rato. Después descubrí que podía usar unas más cortas, con porta ligas, entonces desaparecieron los dibujos en mi trasero, pero a cambio obtuve la diversión asegurada con Hernán.
Hernán amaba desabrochar las medias del porta ligas con un cuchillo entre los dientes. Tenía el don de llevarme a un punto en el cual todo podía ocurrir. Hasta ver cómo desenfundaba un cuchillo a centímetros de mi entrepierna, y desfallecer de ganas de que hiciera cualquier cosa con mi cuerpo. Lo que sea. Y cuando digo “lo que sea” lo digo con total conciencia de lo que aquello significaba. El sentimiento era tan aterrador como excitante, y la sonrisa de Hernán era para mí, el Infierno y el Edén al mismo tiempo.
Ese día nos encontramos en el bar de siempre.
Yo tenía mis medias red, zapatos de tacos altísimos, una blusa roja excesivamente escotada y una mínima pollera negra con tablas para que no se note el porta ligas.
Lo saludé con una mordida en los labios, eso siempre le provocaba una sonrisa que a mí, me provocaba ganas de morir acuchillada por él en el hotel mas cercano.
A cinco cuadras del bar estaba nuestro hotel de siempre.
Caminé ese tramo provocándolo y prometiendo miles de vejámenes, le pedí el cuchillo y mientras caminaba, levanté mi pollera y corte uno de los ganchos que sujetaban las medias, me lo puse en la boca y de un beso se lo di. “Te voy a matar”, me dijo entre risas y besos. “Matame”, le dije antes de introducir mi lengua en su boca hasta casi ahogarlo.
Nos tocó la habitación 404, llegamos tan desesperadamente ansiosos que hasta la puerta quedó abierta. Hernán tiro el cuchillo al piso y me pidió que lo levante, justo mientras me agachaba para obedecerle vino por detrás y me tumbó en la cama, boca arriba, levantó el cuchillo del piso y me cortó violentamente la blusa para poder masticar mis pechos sin interferencia. Me gustaba. Hasta ahí, me gustaba.
Luego bajó hasta mi pollera y la arrancó con fuerza, desde mi ombligo sonreía con ese gesto que me llevaba a la locura, y bajando un poco mas hacia mis piernas, me mordió. Fuerte. Profundo. Desde los rombos de mis medias brotaba un hilo de sangre, yo me sentía Mina, yo lo creía Drácula. El hilo de sangre corría angosto y lento sobre las sábanas descoloridas por las luces. “Y ahora sos mía”, me dijo. La frase me llevó al éxtasis total. Suya, soy toda suya…pensaba entre gemidos, y mientras mi Drácula mordía nuevamente mi piel, un relámpago entró por la ventana iluminándole la boca manchada con mi sangre y mentiría si dijera que no me asusté un poco, pero Hernán estaba tan peligrosamente lindo que lograba desatar mis peores instintos. Mucho tiempo después nos dormimos abrazados.
Siempre es triste despertarse en un hotel de esos. Las luces contrastan feo con el día que se asoma por las rendijas de las persianas. Amanecí con un leve dolor de cabeza, algo confundida y muy sedienta. Al lado mío estaba Hernán, todavía durmiendo, los recuerdos de la noche pasada eran vagos. Giré en la cama para abrazarlo, pero sentí una molestia en mis piernas. La sábana estaba pegada a ellas, me incorporé y encontré el motivo, la sangre seca. Desperté a Hernán con malos modos, reprochándole el haberme lastimado, pero su peligrosa sonrisa me atrajo nuevamente y con un gran esfuerzo logré resistirme a sus encantos. Me fui. Lo dejé. Me llevé su abrigo para cubrirme, mi blusa roja estaba destrozada y las medias red no tenían con qué sostenerse. Corrí un taxi y me subí, el chofer me espiaba por el espejo, y yo acomodaba mi rostro manchado de sangre y rimmel. Las últimas palabras de Hernán al despedirnos fueron reveladoras, quizás alguna vez deba agradecerle por haber puesto, sin querer, un freno a mis impulsos.” Sabes que pasa?”, me dijo mientras yo escapaba de la habitación, “vos jugabas a ser Mina, y te gustaba que yo sea Drácula, pero yo, chiquita mía, soy Vlad Tepes”.

El pararrayos (cuentos por encargo)

Y va mi segundo cuento, que amablemente me encargó Mx (www.cuentochino.wordpress.com)
Espero que te guste, y guardá las chirolas, me demoré un montón en hacerlo, asi que va sin cargo

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Lo hice porque estaba convencido. Años de sueño interrumpidos por la angustia, de miradas hipócritas clavadas en mi memoria, de obtusos feligreses llanos de pensamiento opiados por la idea del amor. Y por mis años de monaguillo asistiendo al lóbrego ritual del casamiento. Terminé odiando los altares, detestando los ecos paganos del canto de los infieles enmascarados. Las novias ingresando con su sueño de princesas, el rostro embadurnado en colores olorosos, caminando hacia el hombre que esperaba de pie para tender la mano a quien años después, seguramente, traicionaría sin tregua en nombre del amor. Lo mismo ella, que olvidaría esa mirada de cebú en celo con la cual juraba ante Dios amor eterno. Y opté por ellos porque conocía a Catalina desde pequeña. Resultará cruel la referencia pero al momento de elegir tuve en cuenta también su robusto cuerpo y las dificultades a las que se enfrentaría al momento de buscar refugio. Al conocerla de pequeña, sabía también de su pasión por el tañido de las campanas de la iglesia. Había solicitado ser ella quien lo hiciera el día de la boda. Pobre Catalina, pienso ahora, y aunque intento otorgarle el dramatismo que merece la cuestión, no puedo más que sonreír recordando sus enaguas blancas de novia precipitándose escaleras arriba para llegar al campanario luego de recibir el sacramento. Y podría haber elegido a otros, pero también ocurrió que esa noche se acercaba una gran tormenta. Rato antes de la ceremonia vi a lo lejos la estampida de rayos que, como un saludo ancestral de Satán, se acercaba a paso lento pero indeclinable. Con absoluta discreción quité el pararrayos. Acá lo traje, Sr. Juez, para que no le quepan dudas de que fui yo el autor de tal tragedia.
Y Catalina, luego del beso, cargando orgullosa su flamante alianza se dirigió hacia el campanario para llevar a cabo su capricho consentido. Entonces Satán se ocupó del resto. Todavía resuena en mis oídos la maravillosa coincidencia de los dos sonidos. A tempo, como una gran orquesta, el rayo más grande de todos coincidió con la primera campanada. Luego la lluvia, y el silencio.
Catalina se había secado. Como una pasa de uva quemada.
Acá está la razón, “La varilla hereje”, le decían al pararrayos siglos atrás.
Y por último, si me permite redondear le digo que el amor, el amor no existe, Sr. Juez.

El oftalmólogo (Cuentos por encargo)

Acá comienza la sección “Cuentos por encargo”
Ustedes me piden, y lo tienen.
El de hoy, está dedicado a mi primera cliente, Gabriela Cancellaro (www.noentiendonada.wordpress.com)
Espero no haberte defraudado, cualquier cosa, te devuelvo el dinero.
Y ustedes pueden pedir el suyo vía Twitter, o paloma mensajera, o no sé.
Acá va.

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El hombre trepó a una improvisada escalera de madera, y comenzó a lustrar la placa de bronce. Desde la muerte de Aída colgaba triste por arriba de la puerta de calle, anunciando “Dr. Munch. Oftalmólogo. Martes y Jueves de 14 a 18 hs.”
-Buenos días, Dr. – lo sorprendió un vecino, quitándolo de su letargo. – Que bien está quedando la placa, eh!
Si, si – respondió el Dr., ahora que no está Aída, debo ocuparme yo mismo de estas cosas…-
Así es la vida!- exclamó con tristeza el Sr. Páez, mientras se alejaba con la mano en alto, en señal de despedida –
El Dr. continuó con la aplicada limpieza de la placa. Era martes y en dos horas comenzaba a recibir a sus pacientes.
Desde la vereda de enfrente podía oírse la inquietante mirilla de una puerta, subir y bajar. Un ojo anónimo espiaba al Dr. que, impaciente, bajó de la escalera y, trapo en mano, giró la cabeza hacia la casa de enfrente y, con mirada amenazante, cruzó el dedo índice por su cuello de izquierda a derecha. La mirilla se cerró de golpe. Y el Dr. entró a su casa dando un portazo.
A las 13.30 hs. llegó Amanda, la secretaria, el Dr. remoloneaba dentro del consultorio mientras solicitaba que le fuera servido, en lo inmediato, un café bien negro.
-Su café, Dr. obedeció Amanda, y se retiró a empolvarse la nariz. El primer paciente estaba por llegar. -Si?, atendió Amanda, quién? pase, pase, suba nomás que el Dr. lo espera, viene solo hoy?- Si, si – contestó Carlos – ya me hice otras veces fondo de ojo, y estoy acostumbrado. Luego del papeleo, tomó asiento en la sala de espera mientras Amanda atendía llamados telefónicos.
Amanda! -la voz del Dr. sonó violenta desde el consultorio. La mujer saltó de su silla y acudió al llamado. – Mire – comenzó Munch – no me pregunte nada, solo haga lo que le pido, estamos de acuerdo?, usted va y le pone a todos los pacientes que vengan hoy, cuarenta y siete de estas gotas en cada ojo, me entiende?
Pe-p-pero…titubeó la mujer
Nada!, grito el Dr. usted hace lo que le digo y se acabó, me oye? Soy oftalmólogo y sé lo que le estoy diciendo, asi que ahora va, les dice que estoy con demora, y les pone las gotas, todos vienen a hacerse un fondo de ojo, asi que no va a parecerles tan extraño, sabe? Además, usted sabe, a mí me gusta la gente de ojos negros, entonces me les dilata bien las pupilas y después vemos.
A las cinco de la tarde, la sala de espera estaba colmada de gente. Amanda iba y venía con frascos de gotas, y los pacientes, sentados y quietos esperaban su turno con las pupilas gigantes y renegridas. Carlos, a tientas, llegó hasta el escritorio de Amanda y refunfuñó por el tiempo que llevaba esperando, la secretaria le sugirió que tome asiento y espere unos minutos. Desde el consultorio se oían sonidos de cajones y bolsas. A las cinco y diez la puerta del consultorio se abrió y dejó a la vista un inmenso haz de luz que encandiló a todos los pacientes al punto de hacerlos sentir prácticamente ciegos. Amanda se incorporó y abrazó a Carlos, aterrada y sin entender lo que ocurría.
Fué cuando comenzó la música de Flashdance a sonar con un volumen exagerado, y desde el fondo de la luz, surgía la silueta del Dr., disfrazado de oca, y ensayando desesperados y alocados pasos de baile.
Miró a Amanda, que era la única que conservaba la visión, y con un dejo de tristeza entre tanta euforia le dijo: – Sabe que pasa? yo siempre quise ser bailarín.